Por Henry Pérez Guzmán y Astrid Navarro Rodríguez
Estudiantes de Derecho

Como estudiantes de Derecho en pleno siglo XXI, no podemos evitar sentir que la formación jurídica tradicional nos está preparando para un mundo que ya no existe. Mientras debatimos teorías centenarias y memorizamos códigos, afuera los algoritmos toman decisiones sobre personas reales, sin que medie juez, debido proceso ni comprensión social alguna.
La inteligencia artificial ya es parte de los sistemas jurídicos y administrativos. Está en la forma como se detectan fraudes, se distribuyen recursos públicos e incluso se predicen comportamientos en procesos judiciales. Y sin embargo, en muchas facultades de Derecho, ni siquiera se menciona qué es un algoritmo o qué implica la automatización de decisiones.
El derecho tiene una deuda pendiente con la tecnología. Pero también la tienen las universidades que siguen formando profesionales jurídicos sin competencias digitales, sin pensamiento crítico tecnológico y sin capacidad de diálogo con otras disciplinas.
Hablar de “ética en la inteligencia artificial” suena bien. Pero es una trampa si no se traduce en normas, controles y —sobre todo— en formación integral. ¿Cómo podemos regular algo que ni siquiera entendemos? ¿Cómo puede un abogado defender derechos en entornos donde los derechos los interpreta una máquina?
Como estudiantes, no queremos ser espectadores de una transformación que nos excluye por desconocimiento. Queremos ser parte del debate, del diseño normativo, de la defensa de lo humano frente a lo automatizado.
Hacemos un llamado a las facultades de Derecho:
Incluyan en sus planes de estudio asignaturas que aborden el impacto jurídico, ético y político de las tecnologías emergentes.
Formar abogados para el pasado es negarles el derecho a defender el futuro.
Porque no se trata solo de regular máquinas. Se trata de defender principios humanos en un mundo que cada vez entiende menos de humanidad.
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